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dimarts, 26 de febrer del 2013

Dana Spiotta - Stone Arabia (2012)

Mai he cregut en una societat que tot ho divideix i classifica en triomfs i fracassos. Potser per això em sento tan identificat amb personatges com Nik Worth, el protagonista indirecte d'"Stone Arabia". Indirecte perquè, malgrat ser ell l'eix central de la novel·la, l'autèntica protagonista és la seva germana Denise. És a través de les seves impressions com Dana Spiotta reconstrueix la fascinant trajectòria vital de Worth. Un habitant qualsevol dels suburbis de Los Angeles que, a punt de fer cinquanta anys, viu la fantasia de ser estrella del rock amb tanta o més intensitat i convicció que quan en tenia quinze. Durant tot aquest temps, i havent entès de ben jovenet que mai assoliria aquell somni impossible, s'ha dedicat a enregistrar discos casolans amb diverses bandes i fins i tot en solitari, per a regalar-los als seus éssers més pròxims. I el més important, a documentar aquesta trajectòria a través de pàgines i més pàgines de ressenyes, crítiques i altres retalls de premsa inventats. Una carrera musical fictícia que, no obstant, té molt més sentit que la vida real de Worth, barman a mitja jornada i a canvi d'un sou que ni tan sols li permet arribar a final de mes. "Stone Arabia" és molt més que una novel·la rock. És una declaració de principis. Una reflexió sobre el pas del temps i sobre la distància entre els somnis i la realitat, però sobretot sobre la perversa cultura de l'èxit, la celebritat i l'autopromoció -tal i com apunten les notes de la coberta posterior-. I un homenatge a qui, per molts anys que passin, segueix somiant i renunciant a renunciar. Oscar Wilde deia que la vida real d'una persona no és la que porta, sinó la que desitjaria portar. Worth n´és un bon exemple. Una estrella del rock amb una discografia monumental. Encara que només l'escoltin la seva germana, la seva neboda, les seves exparelles i algun amic íntim. Perquè la música -indústria al marge- té més a veure amb els somnis i les inquietuds que amb conceptes tan buits com èxit, celebritat o autopromoció. Molt més.


"Con el tiempo me ha acabado gustando eso de no tener público. Imagina poder liberarte del mensaje y concentrarte en el sonido puro, ahorrarte las explicaciones, las interpretaciones erróneas y todo lo relacionado con el negocio y la recepción de la obra. Imagina no tener que renunciar nunca a Artaud, a Chuck Berry, a Aleister Crowley, a los Beats, al I Ching y a Lewis Carroll. Imagina una libertad total" (Nik Worth).


divendres, 22 de febrer del 2013

Fotos del ayer

Me marché del apartamento de mi madre sorbiéndome la nariz, congestionada por mis pequeñas piruetas de cumpleaños en torno a la condición mortal. Se trataba de un estado de ánimo muy apropiado para un cumpleaños, pero entonces empecé a obsesionarme con cómo se me podía haber olvidado aquel pastel de cumpleaños. Me di cuenta de que no conseguía ubicarlo entre mis recuerdos. Lo único que recordaba era la foto que le habíamos hecho al pastel; ni la sensación del glaseado rosa y blanco en la boca, ni el trago de leche fría que sin duda di luego. Y sí, claro, podía rememorar el sabor de un pastel dulce, pero eso constituía apenas un sucedáneo genérico, un engaño. Lo único que queda de ese pastel es una foto en algún álbum perdido. Y no, tener una foto no sirve de nada. De hecho, creo (sé) que las fotos han acabado con nuestros recuerdos. Cada vez que hacemos una foto, nos olvidamos de grabar ese momento en la memoria, en nuestras neuronas. Cuando hacemos una foto nos libramos en cierto modo de tener que recordar. "Voy a sacar una foto para recordar este momento." Pero lo que haces en realidad es dejar ese momento fuera de la jurisdicción del cerebro y relegarlo a una Polaroid, o a un papel Kodak, pequeños recuerdos medio desintegrados, pegados en álbumes. Tan fáciles de perder, olvidados en cajas amontonadas en un garaje húmedo. O sepultarlo en alguna carpeta de un dispositivo digital enorme, a la espera de que alguien lo abra. Lo que has hecho es posponer el acto de mirar y, con ello, la conexión real con el momento; lo único que te queda es un recuerdo de segunda generación, el recuerdo de un hecho que en realidad no es más que el recuerdo de una fotografía de ese hecho. No se trata de un recuerdo auténtico y profundo, sino de uno falso y fugaz, y tu cerebro ni siquiera nota la diferencia.


DANA SPIOTTA. "Stone Arabia" (2012)
Trad.: Carles Andreu



Sí, jo també vaig tenir un fotolog.

Per cert, el pastís al qual es refereix el personatge era una reproducció sobre massapà de la caràtula d'"Aladdin Sane" de Bowie. El que una mare pot arribar a fer per una filla.

dimecres, 20 de febrer del 2013

Red Headed Stranger

Vi la foto de una mujer pálida y pelirroja en la portada de una página web de noticias que visito con frecuencia. Parecía confusa y mayor, tendría unos cuarenta años, pero mal llevados. El titular decía: MADRE ARRESTADA POR ENTRAR EN UN BAR CON UN BEBÉ DURANTE UNA TORMENTA DE NIEVE. Abrí el link: la mujer tenía una expresión tan vulnerable que no me quedó más remedio. Tampoco es que se tratara de una noticia insólita, era la típica historia banal que publican los periódicos sensacionalistas. La noche de Año Nuevo, una mujer había entrado en un bar con su bebé de dos semanas. Había pillado una buena borrachera, alguien había llamado a la policía y le habían quitado el bebé. Sin embargo, por lo que fuese aquella historia desató algo en mí. Me la imaginé caminando un kilómetro hasta llegar al bar, entre la nieve, con el bebé colgando sobre el pecho, debajo del anorak. Quiere echar un trago, es Año Nuevo y apenas ha empezado a sentirse como una persona después del parto. Por eso sale con su bebé a pesar de la nieve y el frío glacial; por eso recorre un kilómetro con un recién nacido a cuestas. Qué inconcebible. Pero a lo mejor la mujer es consciente de que es alcohólica y piensa que ir hacia el bar caminando es más prudente que hacerlo en coche. A lo mejor incluso imagina que está siendo responsable. O a lo mejor simplemente no tenía a nadie que la llevara, ni coche, ni alcohol. Simplemente se convenció a sí misma de que necesitaba que le diera un poco el aire. Se dijo que al bebé lo tranquilizaría salir a dar un paseo, que a los dos les convenía airearse un poco. Y a lo mejor de pronto "se encontró" delante de su bar favorito y entró para enseñar el bebé, y ni siquiera llegó a plantearse directa o claramente que pudiera emborracharse. A lo mejor.
La imaginaba en el bar, sujetando al bebé contra su pecho con una mano, mientras con la otra levantaba la copa. (El breve artículo decía que "la mujer bebía con el bebé en brazos, lo que alarmó a algunos clientes"). Eso es lo que me mata: no hay duda de que al principio, mientras se emborrachaba, estaba alegre y entusiasmada. El barman y algunos de los clientes le hacen gorgoritos al bebé, es posible incluso que alguien la invite a un trago para felicitarla. Ella se siente bien y disfruta de las atenciones. Abraza al bebé, que sigue durmiendo, y se toma otra copa. Y entonces va un paso más allá. La veo perfectamente, el pelo rojo le cae sobre la cara mientras empieza a hablar demasiado deprisa, demasiado alto. Arrastra ligeramente las palabras, no advierte la incomodidad en el rostro de los demás. Se tambalea levemente, esboza una sonrisa borrosa, tiene la cara encendida y aliento a ginebra. Eso es lo que me fastidia: que no se da cuenta de que poco a poco el bar va volviéndose contra ella. Se ha convertido en un espectáculo espantoso, atroz, pero aún cree que lo que pasa es otra cosa. El malentendido por su parte y luego el momento exacto en el que percibe la desconexión. Ha empezado a tropezar, el bebé se ha despertado y ella dice que tiene que volver a casa y darle de mamar a su hijo. Un cliente preocupado llama al 911. El artículo decía también que al llegar la policía la mujer le estaba dando el pecho al bebé. No puedo imaginar la escena, el bebé que llora, la mujer borracha que intenta amamantarlo para aplacar su hambre, el bebé que rechaza el pezón y la leche que se derrama, la perspectiva del largo y frío camino a casa, y el resto del bar que presencia su fiasco. Y entonces llegan los polis y rescatan al niño. La madre casi no se tiene en pie, reducida a un vergonzoso despojo humano.
Una historia tonta como ésa puede volverme loca, acabar conmigo. Aunque nunca he hecho nada tan bestia como lo de esa mujer, puedo imaginarme perfectamente que soy ella. Creo que tiene que ver con la necesidad de compañía, con la ineptitud como madre, con el derrumbe absoluto de la protección y la dignidad propias. Cliqué sobre la foto y la amplié para fijarme en la cara. Noté que me sonrojaba y se me empezaba a hacer un nudo en la garganta. Busqué el nombre de la mujer y encontré otro artículo en otra página de un medio sensacionalista. La noticia iba acompañaba de la misma foto, la única foto que quedaría de aquella mujer, para siempre. Pero no era solo ella: era también el pobre poli que había tenido que llevarse al bebé, el barman que le había servido las copas y luego había presenciado todo lo demás cada vez más incómodo, la gente que había sentada junto a ella en la barra... Aunque sobre todo era la mujer, con su cara pálida y huesuda, y aquel pelo largo y rojizo. Y sí, naturalmente me daba pena el bebé, pero es que a todo el mundo le da pena el bebé. No, a mí también me dan pena el resto de los adultos involucrados, sofocados y culpables, que más tarde relataron la historia a sus amigos, aunque sin ser completamente sinceros sobre el papel que cada uno de ellos había desempeñado en el desenlace.


DANA SPIOTTA. "Stone Arabia" (2012)
Trad.: Carles Andreu